26 de mayo de 2009

Partidas de domingo

Me desperté aturdido sin entender de catorces o domingos, me levanté de la cama pudiendo distinguirla sentada en la silla que durante tanto tiempo yació vacía, me esperaba.

Sacó pronto el as de su vestido, me dejó a cuadros, yo sólo disponía de viejas cartas escritas, con una descuidada caligrafía, papel víctima de un corazón negro que sufrió en demasía.
La curiosidad ocupó el puesto latente de aquella mecedora marrón.
El atrevimiento, ni se inmutó.


Bajo los finos y cuidados sonetos de Adolfo Cabrales, me mostró su mano, todo rombos, los cuales se convirtieron en tréboles cuando una a una, fue deshaciéndose de sus puntas entre besos y miradas...
Era mi turno.


Prisionero de sus retinas, alcé cada uno de los forzados tréboles y a base de caricias y dulces palabras, conseguí que sucumbiera de nuevo, una punta de cada pieza, dándole así rienda suelta al símbolo más conocido del amor.

No tuvimos rivales, ya que solamente quedaron corazones en aquella baraja...

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