Arropé a la madrugada con una sábana para que no se quedara fría, pues ayer, de nuevo, volvimos a compartir cama, cosa ya habitual desde que mi inconformismo sentimental se apoderó de mí.
Las velas, afincadas en una estantería no lograron abrirse luz en mi maltrecho interior y sólo una diminuta nevera es capaz de alegrarme a ráfagas, manteniéndola a ella fría y a mí caliente.
Mi mente sudó tristeza y sólo piensa en apartarte de nosotros como a la ración diaria de chocolate que consumía.
La puerta yacía fija, como una barrera que no me permitía salir si tú no entrabas, mientras, en cada rincón de mi alcoba escuchaba susurro y ahí, debajo de la percha donde un día colgué mi dignidad mientras te espiaba, regué la maceta que nunca quise tener, con una botella del llanto olvidado.
Dos pequeños golpes de desodorante y otros dos de colonia de esos botes rojizos me hacen darme cuenta de que voy abandonando un camino pedregoso, paseo moribundo por el pasillo a ver si te encuentro, rezando a algún dios ateo para que todo haya sido un sueño...
No hay comentarios:
Publicar un comentario