He tenido, tengo y tendré pantalones, pero yo quería unos blancos, no me preguntes el motivo pero quería esos pantalones blancos. Costó tenerlos, es más, nunca me decidí a ir a comprarlos a conciencia y lo poco que busqué no di con ellos, aunque sinceramente, tampoco le puse mucho empeño.
De repente, un buen día me los compraste, apareciste con ellos, me los probé y me sentaban como hechos a medida.
La verdad, eran los pantalones que más me gustaban de mi armario y sólo los utilizaba en ocasiones especiales, para cuidarlos al máximo y mimarlos con el más pequeño detalle, pues con lo que había costado conseguirlos y la estima que les tenía, como para no hacerlo. De hecho, pensé que me durarían para siempre.
Pero el otro día los saqué del armario para volvérmelos a poner y tenían un agujero cerca de la bragueta, una raja en la entrepierna y muchísimos agujeros en uno de los camales.
No sé cómo pudo suceder. Recuerdo haberlos tratado lo mejor posible, limpiarles hasta la más mínima mancha pero tras sólo un año estaban destrozados. Con lo que yo los quería, no había tenido tiempo de disfrutarlos apenas y ahí yacían entre mis manos, agujereados por todos los rincones posibles, aún así, los agarré con firmeza y me los puse.
Unos simples agujeros no podían ser razón suficiente para deshacerme de tan deseados pantalones, además, lo más importante, me los regalaste tú y eso, para mí, siempre primó por encima de todo.
Y me los hubiera vuelto a poner una y otra vez durante toda la vida si hubiese sido preciso pero claro, hoy he comprendido que tú quieres que los tire, por eso he abierto el armario y sin bolsa ni nada, los he bajado fugazmente a la basura. Ahora vagarán por cualquier vertedero perdidos y yo sin saber de ellos...
Cualquier parecido con la realidad es de puta madre
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