9 de junio de 2009

Laberinto de tristeza

Cogiste el teléfono un día cualquiera y acudí a ti, y la verdad, me equivocaría mil veces si siempre fueses tú el error.

Era un día caluroso y permaneció en mí ese calor constante que emanabas, hoy, me hielo en la capital del Ártico en tu ausencia, y no es que quiera cambiar nada ya a día de hoy. De hecho, respeto esta autocracia proclamada por la tristeza, eso sí, que luego no me pida que evite reírme cuando me dice que el amor no juega a los dardos con algunos de nosotros...

¿Dónde estaba el repartidor de suerte cuando tu ingratitud me desmoronó? Sólo escribo desde un corazón que ni miente ni olvida y cuyo escudo simplemente está plasmado en tinta, sólo quise quererte y tus promesas fueron más falsas que las de curas a beatos. Se resiente mi amor, que se expuso como un póquer de ases y venció a tu única pareja de doses cuando tocó mostrar nuestras cartas.

Sigo jodido, es evidente que no puedo dejar de recordar, pero claro, despedidas nunca fueron felices...

No hay comentarios:

Publicar un comentario