Tenía el pecho cargado de tanto reír.
Paseaba y reía sin poder evitarlo, cada vez más, sin mirar atrás y de repente me derrumbé sutílmente.
Estaba extasiado, lo pasaba genial, grata compañía y toda una semana de entretenimiento y divertimento basada en las sonrisas con una mezcla de adrenalina, de momentos de esos en los que por segundos no existe nada que no sea una sensación de libertad mental y sangre recorriendo a borbotones por nuestro cuerpo.
Pero sentí un gran vacío, algo que necesitaba sentir dentro de mí, algo que me hiciera ser mi 100%.
Algo que no puede llenar ni la risa, ni la diversión, ni siquiera las grandes experiencias o las drogas.
Algo que sólo podría llenar la sonrisa o la mirada de alguien que a día de hoy ya no existe.
Alguien de la que probablemente sólo queden sus gestos, los cuales me volvieron loco un día tras otro y dudo que pueda borrar de mí.
A veces lo jodido no es pensar que jamás volverá una persona que añoras o añorabas, lo realmente duro es saber que ya no existe, que sólo queda una idealización de la mente y de los recuerdos, y eso, es lo difícil.
Más que nada porque nos empeñaremos una y otra vez en seguir pensando que nada ha cambiado, que todo podría volver a ser igual, que podría retomarse la partida por donde un día se dejó y no somos conscientes de que todo ese atolondramiento mental forma parte de un juego que ya pasó de moda.
Hay que asumir, dejar que fluya la vida aunque tú sigas tan distante y yo encerrado en mi prisión de carne...
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