La cabeza sigue gacha, mis ojos perdidos en el tumulto y mi conciencia divagando al son de la música.
Es difícil e injusto. El no saber por dónde empezar me aterra, el de no ver el final de este largo túnel me hace sonreir por momentos, aunque sean los menos, caprichoso el destino.
Estoy harto de emborracharme de recuerdos recientes que se ahogan con la cerveza en este dolor de barriga tras declararme la guerra una vez más.
Pienso constantemente en "El cuaderno de la felicidad" y me siento tan estúpido como el reloj cuando es adelantado. Avanza como una gacela el tiempo y yo sigo bajo el dictado de la hora. Parecía imposible que pudiera olvidar ciertas cosas y hoy recordar tan poco, pero con tanta intensidad.
El hecho de sentirme bien es relativo. Soy perro viejo y poco consigue sorprenderme ya. Me asalta el aire mientras sigo fijo en este banco, enfocado al río, bajo el volar de las palomas y cuestiono si hice bien al cambiar de camino un buen día sin motivos. El orden, a veces, altera el producto.
A pesar de eso, sigo conciliando el sueño esquivando madrugadas.
La falta de sinceridad me escupe a la cara y el exceso de ella sería un error. Tocado y hundido una vez más aunque aún me quede una espada en cada mano.
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