14 de febrero de 2011

Síncope temporal

Qué bonita está la ciudad bajo la niebla que todo lo olvida. Cuando echo a correr y no me importa la distancia ni la velocidad, quedarse atrás no figura entre las opciones.
Me vence el estrés por la ocupación de mis días. Me examino a diario y sé que sólo saqué sobresaliente en querer y en echarme a perder.

No fui yo quien sacó a la bestia y poco después al cordero desgarrado que hoy curas con besos expandidos por mi espalda mientras concilio el sueño bajo cercanos ataques de artillería.
No es mi culpa sentirme un espantapájaros que detesta a la gente a diario, o quizá sí.

Entre escrituras de domingo me pierdo e intentando serme sincero me encuentro en un laberinto de espejos.
Renovar esto no cambia nada si no aclaro qué sucede en mí, a qué se deben las inestabilidades que sufro en mis cortos ratos de ocio.

Hoy, varía la estructura, no sé el porqué, la verdad.
Hay tantas cosas que no entiendo y sé que no aprenderé con largas horas de estudio...


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