Entre la niebla y la incertidumbre climatológica hemos pisado por primera vez esta antigua capital histórica.
Muchos no entienden todavía qué hacemos aquí, inservibles para ellos. Para nosotros ésta no es más que una pasión incomprendida. Sobre el barro cuando reina el sol, de madrugada bajo el agua, siempre con él a la espalda.
Nos cansamos como todos, lo disimulamos como nadie.
Ni la ropa agujereada ni las heridas logran borrarnos la sonrisa con la que despertamos cada noche, pues la luna aún gobierna el cielo cuando abrimos los ojos para emprender la marcha de nuevo. Pasaremos por lúgubres lugares, pensaremos en los nuestros y acataremos cualquier mínima muestra de disciplina.
Llega un momento en el que el equipo es más parte de nosotros que nuestra propia persona, inseparables subiremos montañas, bajaremos a los alcantarillados que se nos dictamine y ello en la plena ignorancia de cuándo llegará otro bocado o el momento de descansar en el saco. Desafiamos al movimiento, al sonido y a la visión, ¿Quién da más?
Dormimos poco, pasamos frío, comemos mal y nunca protestamos, así somos.